#105. Carta triste e incompleta de un subcampeón mundial
Palabras nacidas al calor de la reciente final de fútbol entre Argentina y España
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Sobre la vía donde religiosamente el tren de cargas cursa su vaivén cerealero, un tipo con dificultades para mover sus piernas descuelga de un cable (ojo, puede que sea un hilo) una réplica de la camiseta alternativa, azul, con el número 10 atrás y el apellido de cinco letras. “Es la última, te la dejo a 20”, le dice a una señora que baja de un auto, escoltada por su esposo apostado en el vehículo mal estacionado frente a la heladería.
Una bandera engrasada cuelga de otro cable que se mete por la gomería. A diferencia de la sábana del hotel, este trapo va de afuera hacia adentro. Contar que es celeste y blanca sería decir la verdad a medias. Con un cielo tan triste que ni le da para llover, las nubes fabrican una garúa sin música. Es el día del amigo más opaco que recuerde. Nadie en la Argentina tiene ganas de festejar. Y yo poco puedo escribir entre lo que se bate en mi pecho y lo que explota en mi cabeza. Cuando una ilusión se apaga, el sentido se pierde. El sentido, el contorno de las cosas, su ciclo rutinario, la paciencia de los minutos para encender, con dos piedras, la noche.
La Selección perdió la Final del Mundial contra España. El dolor por la ilusión quebrada, multiplicado: el dolor de la épica que todos deseamos y no llegó, el dolor de un episodio cuatrienal que vuelve para encontrarnos un poquito más viejos. Y el dolor de sospechar que ya no habrá lugar para la fantasía ni para la sorpresa. Todo eso late en mí, mientras la bandera lavada por la fina lluvia ondea sobre sí misma: diríamos, viborea. Hace frío, somos subcampeones. ¡La puta madre, somos los segundos mejores del mundo!


