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Uno: Días tristes
Tecleo tres frases. Las borro. Veo una mancha blanca pigmentando la uña de mi dedo derecho: el famoso dedo gordo. Mentira. Mamá me dijo que se llaman mentiras. Se llaman y son mentiras. Y que el dedo, creo recordar, las expresa. Las conduce. Las blanquea. Será cuestión de aguardar una semana o dos a que la base de mi uña empuje hacia arriba, vaya izando, la mentira. Y que el alicate haga lo suyo: liquide, corte, perfile, despida.
Sin embargo, me corresponde aclarar algo. No es una mentira lo que quiero contar. Es una verdad profunda, afilada, hiriente. El sábado cumplí con el ritual de la caña con ruda: los tragos, el agradecimiento (y algún pedido), la alimentación de la tierra. Soy consciente de que tengo mucho para agradecer en un país donde tenemos mucho para putear. Podría ser peor. Agradezco lo que debo agradecer. Pido, si no es mucha molestia, aquello que podría mejorar. Un colocón o acomodo para estar mejor. No más. Pero también pienso, recuerdo y añoro.
Comencé la semana pasada enterándome de la muerte de mi primo Juan Pablo. Pablo, como le decíamos, era el tipo más rockero que conocía. No me lo cruzaba mucho, pero cada vez que nos tocaba coincidir charlábamos de lo lindo. Largo y (entre)tenido. La última vez que lo vi nos chocamos en el super que está a la vuelta de la radio. Pablo me preguntó por la poesía -como siempre-, me dijo que quería un “Bicho sin dueño”. Estaba en una nueva etapa, me contó, lejos de las boludeces que hacen mal. No sé si lo dijo así, pero me quedaron las palabras en esa cadena. Lo vi más canoso y cansado, pero más feliz. Rubén me regala un tesoro lingüístico (de los mejores que aún nos quedan): su hija Inti le decía Juanpan. “Estoy escuchando a los pajaritos a la mañana, es un flash”, también me dijo Pablo en el super. O eso agendó mi memoria. Juan Pablo llegó a cumplir 60. Era mi primo más grande. Tenía la edad de un tío (era más cercano a mis hermanos mayores). Estuvimos hablando media hora más o menos. Quedamos en retomar la charla, pero.
El miércoles se va a cumplir un año de la muerte de mi madrina Marta. La primera pérdida en el plantel de hermanos de mi viejo. Los últimos años nos escribíamos para los cumpleaños: yo le mandaba un mensaje un 11 de enero, ella hacía lo propio un 8 de abril. El intercambio virtual también se daba a través de Facebook, donde Marta comentaba lo que yo escribía (o elegía contar de mí). Cuando se muere un tío o un primo, hay un diálogo con lo diferente, con lo no-cotidiano pero afectivo, un vínculo con la distancia que se borronea. Porque falta un componente. Simultáneamente, nuestra memoria envía un comando de postales a la zona afectada. Entonces, uno vuelve a lugares que hace mucho no visita. A la voz, al tabaco, a las calles y a los personajes de Reconquista.
Dos: Franco
Estoy en el Centro Cultural Provincial. Me invitaron a ver una obra. Se llama “Una otra yo”. Le confieso a mi acompañante:
-No vengo tan seguido al teatro porque me interpela… demasiado.
No me enorgullece lo que digo, en absoluto. Pero soy franco.
El personaje que encarna Ana Municoy genera capas y capas. Ella habla. Vemos su perfil. Ella le habla a la pantalla. El unipersonal se transmite simultáneamente vía streaming en Buenos Aires. Nosotros vemos la capa-1: la mujer, la mandarina que come, sus semillas, sus pies desnudos, la escenografía que la escolta y los soldados tecnológicos que, armados con auriculares y computadoras, aseguran el vivo a distancia. Vemos, incluso, al final los saludos de la actriz y de la directora Carolina Defossé (la puesta en escena y puesta técnica son de Julieta Kilgelmann) al público que comparte espacio: o sea, nosotros.
Volvamos a ella. Ella se inventa un personaje. Un sub-nombre. Una historia. Una filosofía. Una estética. Y, claro, un público. Se nota cuando alguien adelante tapa una risa mientras otro atrás se muere de vergüenza al ver que la actriz escupe las semillas de la mandarina y logra embocarlas en el piso del escenario, hiperkinéticas como bailarines/as en miniatura.
-No vengo tan seguido al teatro porque me interpela… demasiado.
Eso piensa el personaje que yo encarno como asistente al CCP. Y la viñeta mental lleva a mi capa-2 hacia una ristra loca de recuerdos: una película de Charlie Kaufman, otra de cine independiente argentino y ¡¡¡pum!!! una caja llena de preguntas por el arte, la vida, la muerte y el amor. La otra vida que no fue por decisiones erradas o eficaces. Decisiones tomadas a los 27 años, momento de la muerte de la estrella y del nacimiento del CV. Es una gran verdad preguntarse por la vocación. Y es bueno hacerlo mirándose -las uñas mientras alguien mira por una pantalla- una mentirita.
Tres: Para Eloísa
Un 4 de agosto conocí a una mujer muy importante para mí. En realidad, esa es la fecha que acordamos mutuamente. Habría que decir que todo empezó a empezar un 3 de agosto. Pero el 4 se produjo el paso de la potencia al acto.
La semana pasada estaba implementando una política minimalista en el patio de la casa donde vivo. La tarea aún inconclusa consistía en mirar de reojo el basural personal y tirar en una caja casi todo. Luego, proceder a dejarla en el punto ecológico ubicado en el Parque Federal. Mi hermano Nacho me ayudó mucho en la titánica lucha contra el monstruo de siete cabezas: la melancolía. Sentí que volvía a mí “la damisela Soledad”, como canta Silvio en una de mis canciones preferidas. Apareció una símil foto carnet: la cara de “Eloisa” y mi sobrina.
Pienso, recuerdo y añoro. Retengo la secuencia de guardar la foto en el bolsillo del jean. Después de días de darla por perdida, apareció dentro de una bolsa en el cajón de los medicamentos (presión y colesterol). Sucedió mientras escuchaba el “Diamante falso” acuñado por Juan Absatz y que empieza diciendo:
“Ver las fotos de ayer, papel y nada más /
y ver la sombra de lo que un día fue /
de lo que quiero despegar”
(Absatz, 2017)
Me gusta pensar que el 4 del 8 pateó el tablero porque nací un 8 del 4. Un juego del tiempo, de su caracol caprichoso de numerología. Una mentirita que, aunque parezca ausente, sabe cuándo volver a aparecer para posarse frente a tus ojos.
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