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Cover ladino
Cada vez que me dispongo a escribir sobre la hora, percibo que me asalta una reflexión en torno al hecho literario. Como si el apuro precisara morder el anzuelo del presente puro, de lo que sucede delante de mis ojos. El efecto en mis globos oculares es similar al de ver dos piedras pariendo fuego. Esta vuelta, reconsidero, ¿tendrá que ver con lo que ando leyendo? Dos libros, particularmente:
“El libro del karate imaginario y otros ensayos”, de Fabián Casas (2026, Seix Barral)
“Marrón cabeza”, de Walter Lezcano (2026, Emecé)
Ambos volúmenes se nutren de una permanente problematización de la escritura. Problema y, a la vez, solución. En “Marrón cabeza”, Walter hace un travelling por su recorrido vital, sin ahorrarse la violencia que sufrieron su madre, su Hermana del Medio y él mismo. Dejando en claro, como manifiesta en las performances poéticas por cada rinconcito del país, que su primera propiedad (y poder) es el ingreso temprano a la vida lectora. Por su parte, “El libro del karate imaginario…”, Fabián rinde un tributo al dios pagano que lo multiplicó en páginas: ese viaje iniciático por el continente americano. Casas y Lezcano coinciden en algo: afuera está (estuvo) el disyuntor que saltó antes de quedarse pegados al adentro (hostil para uno, aburrido para el otro).
También podría decir que escribir es como un buen cross en el mentón. Pero renunciaría a cualquier atisbo de originalidad: ya lo dijeron otros, ya lo dijeron mejor. Y ante una frase bien colocada (como el entramado de los nudillos en fase trompada), solo puede caber el cover ladino, la voltereta: un buen cross en el mentón escribe (inscribe) un nuevo relieve en tierras lejanas, de otros.
No te duermas
Pegué un volantazo. Cambié la dirección de mi salida nocturna común y corriente. Fui a un Festival de Boxeo en el Centro Gallego de mi ciudad, Santa Fe. No estaba en planes presenciar las doce peleas de púgiles amateurs ni la frutilla del postre: el enfrentamiento entre “El Rey” Cristian Balbuena y Mauro Esteban “El Chispa” Montenegro (Córdoba). Pero recibí la invitación del profe de box. ¿Será el influjo de la charla con Casas? No sé, algo movió mi estantería, mi estructura.
“Salgo a guantear
un finde
donde peleé
con lo que no pude
no me dejaron y…”
Esto escribí en el celular. Pienso en posibles títulos del poema, gana “PNG”. Di tantas vueltas al concepto -como al inicio de este capítulo, asalto o round literario- hasta llegar a una idea que me gustó: PNG debería ser la extensión de la imagen del desagradecimiento, de la estampa de alguien carente de gratitud. También podría llamarse “Salir a guantear”, nombre ideal para esta Era de la Boludez.
Pasan los combates como ovejas en mi Masterview. “No te duermas, Leo”, me jode el profe. “Ojo con el nocaut”, afila. De golpe me concentro. Sintonizo. Sincronizo. Nos acercamos al duelo profesional entre el local Balbuena y el visitante Montenegro. Miro una pared. En mi óptica, funciona como fondo del ring donde todo sucede. Para llegar a ella debo escalar las cabezas de los ¿quinientos asistentes? a la gala boxística. Hay una luz estroboscópica que rebota en su blanco sucio, descuidado. Una sombra chinesca que muta del azul al verde. Un animal que nunca vi representado en el teatro de sombras. Me siento un rey visteando una especie cautivante y robótica, hecha como con tubos de rayos catódicos psicodélicos. Chispa. Fantasía, Salvajía. Hipnosis y después…
El aguacero es el verbo
El domingo a la siesta fui a la cancha a ver a Colón contra San Telmo. Fui contento. Volvía Delfino, técnico-hincha. Debo serles honesto, ese no fue el motivo (aunque un poco de esperanza me genera el retorno, #anulomufa). Mi alegría se debía a que íbamos en familia, aunque fue una alegría agridulce (¿alegridulce?) porque el Guille no pudo ir. Y, algo más: fui al Cementerio de los Elefantes con la remera de Flamengo que me regaló mi amigo Iván. Una remera blanca con una bandera rojinegra a la altura del pecho. Me la trajo de Rio. Me emociona cuando mis amigos/familia saben lo que me gusta, lo que me mejora, lo que va conmigo. Como la campera encantavientos (suena más tierno que rompevientos) que me regalaron la Juli, la Chela y Clau. Gracias, los y las requetequiero.
Que el sabalé haya vuelto al triunfo fue un antídoto para la paja bajonera del domingo. Solo hubo que sostener la vela del cuerpo con una rica promesa: ir a ver al Raly Barrionuevo en Tribus. Fuimos con Nacho, mi Hermano del Medio (uso mayúsculas citando el recurso de Walter Lezcano en “Marrón cabeza”). Nacho sigue a Raly desde que empezó a aparecer en los festivales. “Circo criollo” sonó de lo lindo en la casa que supimos compartir. Me encanta su sonar revolucionario pero la que me puede es “Cuarto menguante”. Medetrushe.
Tere y Silvio
Raly siempre deja ver uno de sus pétalos rockeros. Sea instrumentalmente, sea por alguna referencia lírica, sea en este caso por la decisión rupturista (que, atrevidos/as, cuestionaron a Fito): presentar el disco de pé-a-pá, como ópera. Opera la ópera. Solo así, “El camino de Solgo” activa sus mecanismos de eternidad. Caben, entonces, los registros poéticos, la sombra evocada de Silvio, los nervios del chango Barrionuevo. Y, claro, el grano del encuentro con Tere Andruetto (ganadora del Premio Hans Christian Andersen, el “Pequeño Nobel”) en un almacén de Unquillo. Tere le regaló a Raly el personaje de Solgo. O sea, le dio un lienzo pintado, y lo invitó a intervenirlo.
El recital de Raly fue un repaso preciso por su nuevo álbum. No mintió. Dijo que venía a defenderlo y lo defendió muy bien. En tanto, mi mente inventó otra vez sus propias sombras chinescas:
Cuando Raly le canta a una muchacha, trae a cuestas al (o viene a upa del) Flaco. También se deja spinettear cuando acepta el vuelo de sus oraciones y, de repente, perfuma (¿qué otra cosa es un adjetivo sino un perfume de la lengua?) sustantivos con palabras como “cósmica”.
Por ahí cuenta que quiso hacer un bolero y arranca “Olvídala”, el inoxidable bolérolo de Les Luthiers. Me tiento. Lo mismo cuando desempolva la anécdota de Hamlet Lima Quintana que lo chicaneó por la acentuación en sus primeras composiciones: ¿Qué quiere decir testigó?
Los adjetivos funcionan bien y en tándem: errante y viajero; nostálgica y silvestre; silvestre y campesina; tan lúdica y feliz.
Acá freno. Puedo ser irritante con las enumeraciones. Sólo quisiera destacar que siento que ver a Raly Barrionuevo es presenciar un show en vivo en serio. Sin pantallas, sin especular, con improvisación, error, sangre e inspiración. Raly lleva y trae. Sabe que “el aguacero es el verbo”. Está contra la corriente, pero deja que la canción lo lleve. Y lleva a lomo de ellas “tu silencio”, las “antiguas chacareras” y una “compañera eterna” de su voz. En 2020, antes que aterrice la Pandemia en Argentina, entrevisté al músico de Frías. Yo tenía el corazón roto. Y él, sin saber de mi condición, supo decir:
“Son muchas cosas juntas: cerrar, perdonar, limpiar. El disco hizo que pueda atravesar ese proceso, así que estoy muy agradecido a esta etapa. Hoy lo necesito más que nunca, porque hay cosas que se siguen sanando y las canciones son esa manera que uno tiene de lamerse las heridas y, también, de celebrar los momentos hermosos” (2020, El Litoral).
AMÉN. AMEN, sin tilde.
📅 Recomendaciones bichas
👾 El jueves 20 de agosto, Tipitos publican su nuevo álbum, “Boludo”. Previamente, hicieron un juego que me gustó mucho porque tiene un aire bichoredactor: armaron un ahorcado para que la comunidad adivine el nombre a partir de una pista. En la previa, invito a escuchar “IA”:
👾 El sábado 15 de agosto (¡este sábado!), Usted Señálemelo vuelve a Santa Fe. Presentará su cuarto disco, “Términos y condiciones”, en HUB. ¿Vamos? Entradas por aquí…






Acabo de leer el news de ayer y te agradezco mucho por hacérmelo llegar. Me encanta cómo está escrito, las cosas que cuenta, cómo está organizado. Volví a escuchar a Divididos después de mucho tiempo, me quedé con ganas de más crónica de la noche de box, mañana vuelvo a escuchar a Rally. Gracias por el paseo. Ah, también me gustó saber un poco más sobre esos dos libros que aún no leí y quiero. Abrazo!!