#78. A Felipe, i.m. ♾️
Obituario para un perrito que nos hizo felices
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El newsletter de hoy estaba programado para hablar de un libro que aborda un tema tan importante como invisibilizado: la menopausia. Pero la muerte tiene el “don” de llegar sin previo aviso cambiando los planes. Hoy es 13 de enero de 2026 y murió Felipe. Felipe fue un perro no(ta)ble que habitó la casa de mis padres entre el 22 de junio de 2013 y esta triste mañana. Alimentado por la gasolina corrosiva del dolor, me puse a buscar mis recuerdos con él. Entre aquellos mensajes encontré un montón de poemas que lo tienen como protagonista o como actor de reparto.
Debería aclarar que este hermoso can llegó a la casa de mis viejos -donde yo vivía por entonces- tras la muerte de Elsa. Felipe era cruza de un Jack Russell Terrier (el perro de la máscara) con algo más. Había algo en su pelaje chusco, en su rebeldía callejera, en la nubosidad variable de sus manchas marrones que nos hacía suponer que era, como dijo una vecina aleatoria, un Terbal. Un perro de terreno baldío. Un callejero por derecho propio. Hasta entonces, todos los nombres de las mascotas habían sido (im)puestos por sus humanos... hasta que llegó Felipe. Este hermoso cachorro de edad indefinida -entre dos y cuatro años al momento de su adopción- vino con el nombre sellado desde el refugio, como la marca en la oreja de la pobre vaca. Nadie le preguntó cómo quería llamarse ni si le gustaba la cadena de seis letras que lo designaba ante los demás. Pero le quedaba pintado: Felipe, perro feliz. Le hemos dicho Feli, Feluncho, Filipetto y Falucho. Nunca se perdieron, en los juegos, dos letras: la “F” de fiel y la “L” de leal.
Felipe abrió una nueva etapa en mi vínculo consciente con los perros por varias razones. Luego de una pareja de perras (Jolie y Elsa), este pequeño picarón formó una histórica dupla con la primera de ellas, la Chuli. Una pareja de retacones que lucía muy bien en las salidas a la ciclovía con los reciénvenidos Agustín y Lucía. ¡Cómo olvidar aquellas brazadas (mejor dicho, patadas) por la pileta de Altazor! O las escapadas a la quinta de al lado, para sumarse a una jauría espontánea junto a los perros de la vecina, a quienes recibía como uno más. O, en el mismo rinconcito colastinero, la vez que salió corriendo con un hueso más grande que su cuerpito. Atrás suyo venían dos perros enormes, desesperados, en busca de su botín. Luego, hizo un tándem pintoresco con el pequeño caniche Homero, al que le fue enseñando a ser perro. Hubo un momento glorioso, diría 2019, donde los dos emojis caninos de WhatsApp eran idénticos a Felipe y Homero. A las pruebas me remito: 🐩🐶.
Sin dudas, Felipe dejó un hueco que es difícil de llenar; pero, también, dejó una polifonía de ladridos tan potentes como para olvidarme del tinnitus. Marcó el territorio de la compañía siendo lazarillo de Jolie y dejándose guiar por Homero. Su antifaz rompecorazones. Felipe dejó una huella con forma de corazón en mi corazón. Hoy estoy triste, no puedo negarlo. Pero hay una sensación fronteriza de alegría al pensar en la vida que mis padres pudieron darle. Todavía me acuerdo de ese sábado 22 de junio de 2013. Fuimos con papá y el Guille al refugio. Habíamos visto una foto en la que aparecían dos perros: Chocolate y Felipe. Fuimos por Chocolate. Cuando llegamos, Corina nos muestra a los dos perros y no sé por qué le dice a Willy que tenga un rato a Felipe. El Feli se acomodó plácidamente en sus brazos. Nos eligió, lo elegimos. Para siempre…
Un poema para el Feli…
Decía más arriba que encontré a Felipe en varios poemas. En mi cambio hacia la voz poética actual él fue un disparador de acciones y emociones, un gesto de realidad, un tipo con calle. Mi amigo, el Feli. De hecho, aparece nombrado en MuerteTrucha.com y, un poco oculto, en Obsolescere ft. José Villa, dos poemas de mi futuro libro Vago Ness. Parece que mi manera de figurar un perro desde hace un tiempo remite a él. A modo de cierre para este homenaje, comparto este poema escrito un 24 de enero de 2016. Se llama La orquesta de Felipe. Dedicado con todo mi amor a mi gran compañero de cuatro patas.
El perro lee la tormenta,
cuando era cachorro en el refugio
aprendió que el vientito corría lluvia
y que en la cuchita entrábamos pocos.
Era abril del 2013 probablemente
cuando Maru se valió de su rol
de veterinaria y amiga
y me dijo: Leo hay un perrito para vos,
tiene corazón y pelaje de león,
estaba perdido y maltratado en
Barrio Centenario
de donde lo salvó una rescatista.
Felipe era el comandante de su dolor
a duras penas
sabía que las formitas de colores
le daban fuerza para crecer
y cantar
porque un perro tiene una sinfónica
adentro cuando ladra
desprolijo y eufórico
con un tempo sostenido
pero ronco
aun así un perro canta
porque vino a este mundo a cantar.
…y una canción
¡Gracias, amigo Felipe! ¡Te amo para siempre!









Fuerte abrazo. Hermoso homenaje a Felipe ❤️
Hermoso homenaje al querido Felipe, hermoso y valiente compañero, perrazo de ley!!!! Como dato de color y bien futbolero: ese día que lo buscamos Colón jugó contra Independiente, el dato de color es que ese fue el único partido que Independiente jugó ya descendido (en ese momento al Nacional B).