#91. Los "rituales" de María Belén Sanchez
Entrevista con la escritora santafesina a propósito de su tercer poemario
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María Belén Sanchez es una escritora, docente y fotógrafa santafesina. Nació en Santa Fe y creció en San Cristóbal. Hace unos meses, María Belén se acercó a la radio para traerme Rituales (2025, Hemisferio Derecho) su último libro. Fue un encuentro caminado. Me explico, como dice mi amiga Juli. Nos cruzamos afuera del Ministerio de Salud, lugar donde trabajó por más de 30 años papá. Hicimos unos pasos simulando llegar a la peatonal, creo que nuestros caminos se desviaron antes de que se yerga el Teatro Municipal 1° de Mayo. En involuntario honor al Fer Callero, fui leyendo (caminando) los poemas al ritmo de mis pasos por calle San Martín, tratando de no recaer en mis cotidianos esguinces. Hasta que llegué a un poema, y con él a una hoja de alguna planta del litoral, y su aroma me dejó en las profundidades del libro. Desde adentro, escribí estas preguntas que la autora gentilmente respondió y hoy colorean el Bicho #91.
Foto: Gentileza autora.
Intención y atención
—¿Cómo se fue tramando o entretejiendo Rituales poema a poema?
—El trabajo sobre el orden resultó clave. Más que ajustarse a una estructura previa, se apoyó en una lectura sensible de los vínculos posibles entre los textos. Busqué que el “pase” de un poema a otro se produjera a partir de continuidades sutiles.
También atendí al ritmo, alternando momentos de mayor intensidad con otros de mayor apertura o pausa. De este modo, el libro fue encontrando una forma progresivamente organizada por afinidades y desplazamientos.
Rituales puede leerse como una constelación: cada poema conserva su singularidad —como una estrella—, pero adquiere espesor en relación con los otros. El orden de los poemas no responde a un diseño previo, sino que surge de afinidades, tensiones y movimientos internos del conjunto.
—Me detengo en una preposición que domina el paisaje de Rituales: “para”. Es clave a la hora de anudar los poemas y, lejos del utilitarismo, remite al cuidado (como fin, como función, como intención) y, si se quiere, a la valoración de los primeros pasos. ¿Cuánto creés que habilita en el ejercicio de la escritura ese más allá del “para”?
—Siento que ese “para” en Rituales aparece como una forma de cuidado, como si cada poema se acercara a algo sin terminar de nombrarlo del todo: un gesto, una práctica, una creencia. No lo pienso como un fin concreto, sino como una dirección, una manera de ir hacia.
En muchos poemas, ese “para” está ligado a pequeños rituales, a acciones mínimas que buscan sostener algo —la fe, la calma, el vínculo con lo que no se ve—. Y en ese movimiento, más que una utilidad, hay una intención afectiva, una forma de atención.
Muchas veces escribo sin saber bien para qué, y en ese no saber también hay algo muy propio del libro: la posibilidad de quedarme en lo incipiente, en lo que recién empieza a tomar forma. El “para”, en ese sentido, es más una compañía que una meta.
Creo que ahí se abre un espacio muy íntimo, donde la escritura se vuelve más permeable a lo sagrado, a lo cotidiano y a lo frágil, porque no está sostenida por una certeza sino por una búsqueda. Y esa búsqueda es, en definitiva, lo que me interesa seguir habitando.
Lectura de “Fulgor”, poema de María Belén Sanchez incluido en “Rituales”.
Una memoria del trabajo
—El ritual arrima consigo otras ideas: aprendizaje, hábito, herencia. Herencia es, justamente, el poema en el que celebrás la fuerza de las mujeres adquirida a partir del nombre que te dio tu madre. Quisiera que me cuentes sobre tus ancestros/as, tu linaje, y, en especial, cómo te fueron inculcando la materia literaria.
—Mi primer libro, Costuras, está dedicado a mi abuela Luisa, mi abuela paterna, que era modista. Hay algo de ese oficio —de trabajar con las manos, de unir, de reparar— que siento muy cercano a la escritura. En el poema Casa hago referencia a mi madre, y en Rituales vuelven a aparecer mis abuelas y mi madre como figuras guardianas y protectoras; esto se puede ver especialmente en el poema Linaje.
En Rumor aparece, quizás, una zona más tensionada: una rebelión, una búsqueda por apartarme de la idea del trabajo como puro aturdimiento. En este sentido, el ruido adquiere también una dimensión genealógica: se inscribe en una memoria del trabajo vinculada a mi linaje, donde resuenan la máquina de coser de mi abuela y la máquina de escribir de mi madre. El aula, muchas veces, es un espacio abrumador; intento no perderme en ese ruido y encontrar un poco de calma e intimidad donde poder escribir, aunque sea algo mínimo: una imagen, un verso, un pensamiento.
Foto: Gentileza autora.
—Me detengo en un poema, Reunión. Te pido que recrees ese momento de encuentro con las plantas del litoral. ¿Cómo fue? ¿Cuándo pasó? ¿De qué modo pensás que impactó en el proceso de escritura de Rituales?
—El poema Reunión lo escribí durante la residencia en Curadora. El día de mi llegada armé mi espacio de trabajo: la computadora, cuadernos, fotografías y libros. Luego salí a recorrer el barrio en busca de flores para armar un ramo y colocarlo en un florero en el lugar donde iba a trabajar los días siguientes.
Empecé a investigar sus nombres y sus propiedades medicinales. Me resultó importante conocer la naturaleza —las plantas y flores— del lugar que habito, y ese gesto de observación y encuentro incidió directamente en el proceso de escritura de Rituales.
Camino luminoso
—Imaginá el libro como un viaje en el medio de transporte que se les ocurra. ¿Cómo narrarías la experiencia de desde Agua florida a Rituales? ¿Cómo sentís que constela o “hace catálogo personal” con Costuras y Una temporada adentro?
—La experiencia, desde el primer poema hasta el último, podría pensarse como un viaje, un camino luminoso. De ahí el epígrafe de Simone Weil que acompaña el poemario. En el poema Presagio hay un momento de quiebre o ruptura; a partir de allí se abre un recorrido en el que aparecen señales y objetos vinculados a lo sagrado y a las creencias personales: santas, la fe, cartas de tarot, plantas medicinales como la salvia y la lavanda.
En ese tránsito, el libro va configurando una especie de constelación que dialoga con Costuras y Una temporada adentro, ya que hay temas comunes, la naturaleza, la intimidad, pero también la memoria y la búsqueda de la belleza en lo cotidiano.




