#102. Lo que sé de Cabo Verde
Una aproximación a la idiosincrasia del país que enfrenta la Selección Argentina en el Mundial 2026
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Cabos sueltos
Hoy es el último día del sexto mes del año. De acuerdo al calendario gregoriano, el día de mañana comienza el segundo semestre. En un bisiesto de facto, el tiempo ata los nudos de los meses mellizos con la transtemporalidad que solo tiene el Mundial de Fútbol masculino que se desarrolla en esta edición entre Estados Unidos, México y Canadá. Difícil estar exento de dicho fenómeno: la pasión, el negocio, los contrastes y las esperanzas diseminadas a lo largo y a lo ancho del globo. El newsletter que yo vengo a ofrecer se mete en el corazón de los dieciséisavos: específicamente, en el inédito choque entre Argentina y Cabo Verde. Y, como suele pasar en estos casos, puede que sirva (espero) para pensar en otras coordenadas al menos por un ratito.
Sin perder un ápice del deseo y la confianza en la victoria de nuestra Selección, al cabo de las líneas que siguen los invitó a ver-de cerca algunos detalles apasionantes del archipiélago ubicado en África. Como el llamado mal di mare que, dicen, obliga a los caboverdianos a abandonar sus pagos. O la morna, la coladeira, el funaná. Es, para mí, una excusa: unir cabos sueltos de mi memoria. ¿Cuáles son esos cabos sueltos? Un jugador que vistió la camiseta de Colón apenas entrados los ‘90, y una diva descalza que con su voz llenó algunos hiatos de mi preadolescencia. ¿Qué tienen en común ambos? Su tierra natal: Cabo Verde.
De Cabo Verde a Santa Fe
Le escribo a mi hermano Guillermo Pez. Su cerebro es un cofre con datos incunables de música, cine y fútbol. Si se nombran solamente dichas categorías es por la eficacia del tres en el resumen de grandes ideas. Pero, también, por el recuerdo solemne de mis ojos: un cuaderno anillado A4 tapa blanca con una lista de 5000 discos compactos de distintas partes del mundo, una carpeta roja con dos aros metálicos con las películas vistas a lo largo de veinte años, y unos cuantos cuadernos con las campañas de Colón en la B y en la A. Distintos soportes, tamaños y colores: una misma pasión.
Veo los cuadernos de Willy en busca de un nombre: Adriano Tomás Custodio Mendes. O, como lo conocemos, Custodio Mendes. Fue uno de los goleadores con 13 tantos junto a un tal Verón. Willy desglosa con prolijidad y paciencia. Es un gran desglosador, además de un destacado glosador. Custodio aparece como el autor de 5 de los 6 penales marcado por Colón (y marró uno contra Los Andes). ¡Qué precisión para las pelotas paradas! Además de penales, convirtió un tiro libre y ¡hasta un gol olímpico a Los Andes (prefirió el gol desde el corner antes que el de los doce pasos)! Hablo con Custodio. Tiene el recuerdo intacto de su incursión sabalera, según me cuenta en un intercambio de audios de WhatsApp.
“Mi paso por Colón es inolvidable. Gracias a Dios, las cosas me fueron muy bien. Si yo me hubiese quedado un año más en Colón, hoy estaría viviendo en Santa Fe. La ciudad me gustó por su clima. Aparte tengo a mi amigo, el perrito Schumacher, que es el padrino de mi hija. Dejé amigos allá. Si hay una ciudad que me trató como un hijo en esta vida es Santa Fe”.
El viernes 3 de julio se enfrentan Argentina y Cabo Verde. El primero cantado del J contra el sorprendente segundo del H. Consultado sobre el presente mundialista de la selección africana, Custodio no deja dudas: "Nadie lo esperaba. ¡Encima de la forma en que Cabo Verde nos está representando! Ustedes ven fotos de la comunidad, pero mi sobrino me manda videos de allá: Es una fiesta lo que están viviendo. No lo declaran feriado, pero nadie va a laburar para poder ver el partido”. Cabo Verde ahora tiene historia. Estos muchachos no se van a dar cuenta ahora pero dejaron a Cabo Verde en lo más alto del mundo.
Un paréntesis me asalta. El nombre propio del entrevistado le da lugar al sustantivo y queda suspendido finalmente en el habitáculo de los verbos. El hombre custodia su pago al nombrarlo. La actitud me trae un reflejo de aquella vez que conversé con Peteco Carabajal y le pregunté por Santiago del Estero. Él, sinónimo de la chacarera, habló de “un pueblo que ha tenido y tiene que salir a buscar el pan lejos de la provincia” (El Litoral, 2021). Custodio volvió a su pago en 2015 luego de 42 años. “Es la primera vez que fui solo”, reconstruye. “Después volví dos veces más para que mis hijos conocieran dónde había nacido su papá y cuáles son sus raíces. Yo tenía que cerrar un círculo en mi vida de cosas que me quedaban de chico. Gracias a Dios lo pude lograr. Cabo Verde tiene un clima espectacular, es hermoso. Ojalá, algún día pudiera volver aunque sea por última vez”.
Hidratación musical
Le cuento a papá que voy a hablar de Cesaria Evora y me dice: “No te olvides de la canción de Stromae, Ave Cesaria”:
En otro momento escribiré sobre Stromae. Quiero aprovechar la pausa de hidratación musical para compartir un audio que me viejo me mandó esta mañana, visiblemente involucrado en el presente newsletter:
Necesito unos minutos más para acomodar. Me entero que murió Melingo. No lo puedo creer. No lo puedo creer. No lo puedo creer. Justo cuando estoy escribiendo que me acuerdo de Peteco hablando de volver al pago (Daniel encontró en Grecia, más precisamente en la isla de Zakynthos, a un antepasado llamado Cristo Melingo) y me encamino para contar algo sobre Cesaria Evora (exploradora de la morna, flâneuse como pocas), me embargan un dolor, una promesa y una alucinación. Prometo escribir sobre Melingo en el próximo newsletter. Alguna vez soñé con el cruce de los caminos de Martin Buscaglia y Gabo Ferro en una canción. ¿Y si se me antoja ahora refrescar la cicatriz, mover los músculos de la imaginación, hacer tiempo, pensando qué hubiera sido del mundo si se encontraban Melingo y Cesaria?
Cesaria
Hace unos años viajé a Paraná a para una actividad -o suma de actividades- llamada “Paraná lee”. Poco recuerdo de aquel 2023 pre-electoral. Y mis escasos recuerdos se chocan con mi participación en el mismo acontecimiento ocurrida el año pasado, a propósito de la presentación de “Bicho sin dueño”. Recordar poco algo es clave para dotar de intensidad a la ristra de episodios registrados en la memoria. Corría agosto de 2023. Yo estaba en una de las alas del centro cultural hurgando usados. Así llegué a una biografía de Cesaria Evora, escrita por la crítica musical Véronique Mortaigne. Estaba ante una edición española del año 1998. No me pregunten cómo llegó ahí. Ni me pregunten lo obvio: si la compré o no.
Pellizco fragmentos del libro como si estuviera pronto a descamarse. ¿Tendrá que ver con la aridez de la geografía caboverdiana? El más oportuno viene a mi encuentro: “Decir que Cabo Verde es verde es tan falso como pensar que Sierra Leona es un país latinoamericano” (1998:17), explica la autora aludiendo a la desconexión o desfasaje entre las expectativas portuguesas y el territorio “encontrado”. Más adelante me encuentro con calificaciones precisas en su labrado metafórico sobre la morna, género desandado por Cesaria. Como un nido de canciones maleables y viajeras. Como el vehículo por el que se transporta la sodade, ese sentimiento de quienes parten pensando en los que se quedan. Un área en la que confluye el imaginario de Cabo Verde como un lugar de paso y, a la vez, de emigración masiva.
Mortaigne enumera figuras literarias y musicales de todos los tiempos. Entre ellas, Bana y Bonga, cantantes de morna y coladera que me nombra Custodio. “¡Únicos! ¡Únicos!”, enfatiza el ex futbolista. Más acá en el tiempo, Mendes pondera a Tito Paris y Assol Garcia. “En Cabo Verde hay artistas que normalmente cantan en Europa o en Estados Unidos, pero nunca se van de su tierra”, me cuenta.
Me acuerdo de la nota que le hice a Melingo en pandemia. Retorna el linyera. Y este fragmento de la crónica-entrevista que hoy parece brillar:
En Grecia, Melingo también dio con la rebétika. “Una vez allá, fui atando cabos e investigando sobre esta música y la sonoridad de sus instrumentos. A través de unos amigos que tengo en Grecia, me acerqué a instrumentos, como el bouzouki y el baglamas, que conforman el imaginario rebétiko. Es una de las cinco músicas de resistencia, junto con el blues, el flamenco, el fado y el tango. Nació en 1928 en la ciudad de Esmirna, debido a una revolución. Gran parte de la población fue expulsada y terminó en el puerto del Pireo, en Atenas y en Tesalónica. Así fundaron este movimiento anarco-analfabeto que es la rebétika. No cuenta con el mismo glamour ni popularidad internacional que el tango, el blues o el flamenco, pero fue resistiendo a lo largo del tiempo”.
Estoy frente a la computadora agotado por un día largo que se empecina en no parar. Papá me calma sin saberlo. Me manda fotos. Pilas de CD’s de Cesaria Evora que fue comprando en distintos momentos. Puedo recordar algún sábado soleado en el cuarto piso de la última torre del barrio “El Pozo”. El equipito Philips, negro, prendido. Los ‘90. La voz de una mujer tomándonos de las caderas para sacar a bailar los fantasmas. Un idioma cercano al español paladeado con otra gracia. Papá cantándole a mamá “Sodade”. Y el hombre sobreanalizado que soy pensando si será Reconquista o los tíos, o quizá mi compromiso con la soledad tendrá, quien sabe, algún cabo suelto por allí.
Hidratación musical 2
Me gustaría saber
Extra
Vuelvo a compartirles una nota publicada en El Litoral. Se trata de una conversación que mantuve con la escritora y académica Victoria Torres sobre un lbro necesario que recopila 12 testimonios de infancias en dictadura. Publicó Emecé, prologa Claudia piñeiro. Pueden leerla por aquí.





