#83. ElSa-lado la trajo
Crónica escrita en 2016, perteneciente al archivo personal inédito
Hola, ¿cómo estás?
👾 ¡Bienvenidas/os, Andrés y Ro! 🙌🏾 Gracias por los likes, comentarios, compartidas, mensajes y devoluciones face-to-face: Adri, Caro, Fer, Julia, Marta, Nacho, Olga, Pa/Ma, Rubén, Sol y The Book Lesson ☕ Recordá que podés elegir tu combo de cafecitos acá y, de paso, colaborás con la financiación colectiva del newsletter.
Intro
Si Bicho redactor es una lectura habitual para Uds (me encantaría que me lo cuenten en los comentarios :), sabrán bastante sobre mí. Como que me gustan los números casi tanto como las letras. O que profeso un amor reverencial por los animales. Lubi tuvo su newsletter, Buri se coló en más de uno y Felipe fue homenajeado hace unas semanas por haber cruzado el arco iris. Me informan que llegó rápido al cielo de los perros... 🌈
Resulta que el Feli se metió en nuestras vidas a raíz de la partida de Elsa. Elsita apareció en casa durante las inundaciones de 2003 en Santa Fe. Sospechamos que estaba en un centro de evacuados. Nacho la encontró sentada frente a la puerta de calle. La entró con pena y, al poco tiempo, la adoptamos.
Deambulando por mis archivos virtuales puedo confirmar que 2016 fue un año de exploraciones erráticas pero infatigables por las arenas del periodismo narrativo. Fue en esos tiempos que escribí esta “crónica poética” sobre Elsa que hoy ve la luz por primera vez. A pesar de que hay muchos puntos que observo con un poco de vergüenza o duda (otros, vale decir, con una tímica alegría), me gusta pensarlo como un puente. Un puente narrativo y catártico por el que cruzó y seguirá cruzando la sangre de mis historias.
La diáspora en la sangre (o El salado la trajo)
Ese día no hubo fútbol en el club Santa Rosa de barrio Alvear. La furia del Salado en forma de inundación lo transformó en Centro de Evacuados. Muchas manos encadenaban la ropa y los alimentos donados por los vecinos santafesinos y de otras localidades del país. Un nene lloraba y lloraba, no había forma de que su madre pudiera calmarlo. Con sus instalaciones inmensas, con la charla de yotibenco, y con su ración puntual de comida, parecía un hotel. Pero era un centro de evacuados.
Elsa tenía el pelo rubio como Susana Giménez. Un tajo en la oreja izquierda recordaba el fuego en la cocina de San Agustín, esa vez que un pibito quiso entrar y ella ladró y ladró y ladró. Una hora entera ladró hasta que la doña le tiró agua hirviendo. Ahí. “No etá la pera”, dijo un pibe de 4 años. Hablaba de Elsa. Nadie vio cómo se escurrió entre las sombras de la noche, esquivando los autos y motos de los noctámbulos, y decidió reposar en el umbral de una casa. Era mi casa.
Susana Giménez tenía un hueso que le salía por el lomo y la lengua seca afuera. “Es raza-Terbal: terreno baldío”, dijo la vecina de la cortada. No sabía lo que era un Canaan Dog. Si es un perro judío debe llevar la diáspora en la sangre. Cuando Ignacio la arrimó al garaje, el plato de comida que la esperaba quedó transparente. Tenía los ojos fijos en el piso, atados, encadenados. Lo primero que pensó Ignacio fue: “viene del club”.
En esa época se volvieron comunes las Elsas. Solo que las llamaban de otra manera: Eva, apócope de evacuada. El nombre de la perrita que adoptamos lo puso el viejo, Héctor. El-salado-la-trajo. Hasta le hizo un par de canciones recordando su llegada pos-apocalíptica. Con el tiempo, supimos además que: el-salado-la-vistió-de-miedo y que el-salado-malo-le-dio-de-soñar. A veces, cuando toda la casa dormía, si alguno despertaba no era raro encontrarla así: apoyada en el piso, alternando el movimiento de sus patas, hacia adelante, como huyendo de algo. No era una pesadilla lo que marcaba su pulso. Movía una, dos, todas las patas como queriendo darle cuerda al viento. Como si estuviera combatiendo la corriente.
Habrá sido en junio que Santa Rosa volvió a ser la institución social y deportiva que fue antes de la inundación. En alguna de sus paredes quedó tatuado el llanto de ese chico que sabe que hoy no liga. Porque “hoy” nunca existió. Las ollas, vacías, perdieron su fondo de sarro y su voz de matrona. Dios nunca volvió a visitar la cucha de los humildes.




🥹❤️