#84. 27536 pasos en Cosquín Rock
Primer capítulo del tríptico sobre mi esperado regreso al festival más importante del país
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Me propongo escribir esta crónica sin pensar y sin buscar. Sin repetir y sin soplar. Con la mente atada a la silla simulando el método anti-distractivo que Pedro Mairal me confesó una vez. Lo que me dispongo a narrar espero tenga el contoneo de mis pasos por el Aeródromo de Santa María de Punilla a la pesca de una canción, más que las cavilaciones de las 2AM sobre lo mejor de la tarde-noche. Ahí voy, procurando salvaguardar el ritmo. Y, claro, no es poco: volví a un Cosquín Rock después de 11 años. Quiero serle fiel al cansancio, al sudor, a las ganas contenidas de mear para no perder la pole position, a la garganta desmiga(ja)da, al llanto detrás de mis gafas de sol.
Habría que decir que, por suerte, no estaba tan fresquito cuando bajamos del micro en la Terminal de Punilla. Digo terminal entre paréntesis porque, nobleza obliga, descendimos del coche en la Avenida San Martín -aunque el boleto impreso virtualmente en el PDF dentro de mi celular dijera Parador (semáforo) sobre Ruta-. Guiaron nuestra decisión un grupo de jóvenes con sus carpas que se cambiaron sus 90º por la posición vertical y se nos estampó en la cara el inmenso Predio (en adelante, le diremos así) que se desenrollaba como un film hiperrealista ante nuestros ojos. Bajamos en la guitarra de entrada. No le erramos.
Quizá el momento más aventurero de nuestra estadía haya sido la introducción al camping cambiando asfalto por arena-barro y atravesando el balneario de la ciudad. Pernoctamos en el único lugar que conseguimos a diez días del Festival. Entendimos por qué las dos noches eran una ganga: con el diario del lunes era un robo a mano armada. Nos pusimos el casete de sobrevivientes, el uniforme y los cascos. Dejamos los bártulos, planificamos hora de ingreso al Predio y posibles lugares donde comer. Un incidente marcaría el tono -por suerte, solo- de la primera jornada. Mi magnífica idea de llevar unos zapatos derruidos para detonarlos en el Aeródromo tropezó con una realidad: años sin usarlos, meses en el depósito sometidos a frío y lluvia, debilitaron su cuartito de alma. De golpe, crujieron y empezaron a romperse. “Perdón, Agus, tengo que volver al Camping”.
Volvimos. Cambié de calzado, me quedó una bala pédica para todo el viaje, y regresamos a nuestra aventura. La que empezaré a contar el próximo martes. Este fue el primero de tres episodios, espero no aturdirlos. Sólo diré como anticipo que según nuestro app-migo Podómetro esa jornada edulcorada del 14 de febrero totalicé un nuevo récord de 27.536 pasos. Y que los viejos zapatos descansan en la Proveeduría. La otra vuelta una piba tiró por WhatsApp: “Próximamente [Nombre del Camping] Calzados”. Yo, desde mi pequeño atalaya, escribí mentalmente y con un poco de vergüenza: VISTO.
Trailer - Día 1
Entramos a las 14 con un perfume musical que se metía por nuestros poros. Estar temprano tiene un pack de ventajas que cotizan en oro al final de la jornada. Procedo a detallar tres de ellos:
Escaneo exhaustivo de cada uno de los escenarios. Visitar los recintos abiertos donde tendrán lugar los shows permite ubicarse espacialmente -hago la salvedad de que soy de esos tipos que diferencian escenarios con dos o más shows al hombro- tanto como temporalmente. Es tan importante saber dónde toca quién tanto como a cuánto estoy del show de.
Recarga del Ecovaso en los puestos de hidratación. En las cercanías de distintos escenarios habrá “paredes” repletas de canillas -al mejor estilo cervecería artesanal- donde saciar la sed del vaso de plástico (y, no menor, catar la calidad del agua: esto nos permitirá elegir, cuando la cosa esté menos transitable y por ende más lenta, las canillas con menos cloro).
Avistaje y probable chequeo de las atracciones. Sabido es que este tipo de festivales cuenta con una diversidad de sponsors que tienen su stand y ofrecen alternativas en la previa, post o incluso durante los shows. Jugando uno mata el tiempo y hasta puede llevarse un rédito alimenticio o un recuerdo imborrable. (Son como aves, por eso se avistan, seguimos su vuelo disidente).
Me gustaría saber
Como cada fin de mes, te dejo la pregunta por el escrito que más te gustó. Podés leerlos (o releerlos) en la home de Bicho Redactor 😚


