#89. Taracá con Drexler
Escrita espontánea al ritmo del tambor chico
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Toyacá luego de una noche en la que dormí muy mal. Los gatos, nerviosos. Buri muerde a Lubi. Ella responde: corre y maúlla intensamente. Los animales registran mi nerviosismo y lo anotan en sus cuatros patas. Se acicalan con rudeza, registran ambiente denso, tenso. Tengo poco tiempo con ellos, por trabajo (bendito sea), pero reduje sus visitas al patio. En eso ando cuando pienso que lo más importante es Taracá. Y dejo correr el reproductor como un vinilo…
Toco de tocar. Toco de toquito. Me descalzo: mis pies húmedos tras once horas de encierro tocan la baldosa de granitos de la casa vieja que habitan mis amigos peludos. La televisión fue, para generaciones, un mueble. Toco madera. Jorge Drexler ordena mis chakras, aunque poco crea en una espiritualidad que no brote del lenguaje ni de la poesía. “Yo toco madera”, dice en un electromantra el músico uruguayo. Cábala, caricia tamborilera a la tierra. Latido de ancestros: cables. La pucha, me puse místico.
Esto que escribo es un intento, rústico y a deshoras (20.54 hora Argentina de un martes), de ordenar mis anotaciones sobre el último disco de Jorge Drexler que, adivinen, se llama Taracá. “Era tan sencillo / y se volvió tan complicado”, me asalta la frase del segundo tramo musical, la canción de la que soy anzuelo. Este pez se hizo pescado preguntándose ¿Cómo se ama? Mutis por el foro. Salgamos del paso con otra pregunta: ¿qué dicen mis registros taracáshicos de la escucha del disco? Un esqueleto llevado a la radio. Copio:
*El taracá: clave del candombe; aquí-y-ahora (1 y 2 aparecen en “El tambor chico”, junto a Rueda de Candombe); + acortar del español rioplatense
*Apertura a otras voces (Rueda de Candombe, Young Miko, Meritxell Neddermnn, Ángeles Toledano + Julio Cobelli, América Young, Falta y Resto).
*Rima gauchesca (la zitarrosera “Cuando cantaba Morente”).
Escribo lento con el reloj en la piel. Se reproduce El tambor chico. Me acuerdo de la noche en Tribus poniéndonos al día (poniéndonos a la noche), descabezando porrones con la Juli. Hablamos de Drexler. A ella el disco le dio otra clave: la del candombe. Acto seguido me pintó una imagen en La Serena, al lado de Jorge, con la luna cayendo (si la memoria no está haciendo desfalcos en mi narrativa personal). Escribo pensando que esto será una porquería apurada. Un adefesio. Otra batalla ganada a algún demonio que dijo que nunca terminaría este newsletter.
Ante la duda, baila dice la estación. No escribo. Bailo. Y este espacio en blanco es el baile de las letras encarceladas en mi teclado.
Si pudiera hubiera filmado la libertad del cursor (parece que se llama “punto de inserción”), flasharíamos juntos. Cómo “se mueve en su elemento” hasta irse de la página y extender el blanco así o más.
Lo que digo no tiene sentido. No tengo sentido. Escribir escuchando un disco sobre el que me propongo hablar, qué loco. Y qué poco original. Horijinal, ahre.
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Soy todo tambor.
Tamborileo.
Tambor y leo.
“Entre tanta púa / y tanta alambrada”, la siguiente canción es mi reposo. Mi responso. Te llevo tatuada. Cerré los ojos y escuché dos Drexler. El otro era Young Miko.
Toyahí escuchando. “Tu voz en el oído”. Hago del eco nuevas frases: “tu, vos”, “tubos”. En el oído. En el pensamiento. Pero no en la piel.
¿Qué será que es?
La segunda gran pregunta. Respondida con una afirmación coral entre samba y bossa (¿sambossa o bossamba?): “Vivir y no tener / vergüenza de ser feliz”. La pucha: mantra de tambores. “Qué será, mi hermano / que la vida es”. La Rueda de Candombe se lleva en dos minutos, tres, el mambo trajinado de mi día carajeado. El ventilador, desde atrás, se esfuerza. Pero cuando se hace el gil y mira para los costados, siento un puñal en la espalda.
Recupero otra anotación, entre los beats. Dice Drexler, con una voz hermanísima del loco Martín Buscaglia que “el amor va por su propio espacio-tiempo”. Y después, con un tono exquisitamente trashumante (imaginémoslo caminando, errando): “El amor no puede ser ni errado ni cierto”. El amor es transversal: perdura entre la historia de la humanidad, entremedio de cables y bailes. Es, dijo Zaldívar Enjambre, una máquina boba. “No sé si Uds. lo ven igual”. Che.
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La tercera pregunta es muy fuerte. Aquí y ahora. Más que nunca. Recupero mis anotes radiofónicos (perdonen la dispersión, no soy académico ni lo seré… y estoy atacado de escritura ahora mismo):
“Hay alguien A.I.” Juego similar a “taracá” es “ahí” (A+I). Otra vez la pregunta, la gran pregunta: ¿Hay alguien ahí dentro? El verbo clave es desmontar. “¿Qué es lo que hace a un ser / ser un ser humano?” Link con otras canciones con tecno-preocupaciones. Por ejemplo: “¡Oh, algoritmo!”, de “Tinta y tiempo” / 2022 (“Quien quiere que yo quiera / lo que creo que quiero”); “Telefonía”, de “Salvavidas de hielo” / 2017; o “Data data”, de “Bailar en la cueva” / 2014. En estas canciones siempre desparrama rimas y aliteraciones.
—“¿Hay alguien ahí dentro?”, se pregunta.
—“¿Qué queda en el centro del centro?”, pregunta nuevamente.
El pajarerío de guitarras al mejor estilo Zitarrosa ambienta la calma, predispone el pensar en Cuando cantaba Morente (“un estallido silente”, “el eco de un fogonazo”) y acaricia el cante con una o(n)da: “Nos toca cantar, mantener los puentes abiertos”. La pregunta -eje del álbum de cabo a rabo- ahora se ejerce volviendo a convocar al auditorio, el ustedes, de este Taracá (se está acá por y para alguien): “Se preguntarán lo que hacemos / cantándole al amor / mientras el mundo se va al carajo / Ni más ni menos que nuestro trabajo”.
Bueno, entonces: “¿Qué queda en el centro del centro?”
LAS PALABRAS.
Perdón, Las palabras.
Grafiti o pintura rupestre. Trabajo del eco. “Del sol nos da refugio / la palabra sombra”. Otra vez me suena (¿eco?) la Juli poeta candombera: el creacionismo. Ella me compartió, cuando era un solitario de a de veras, un tal Vicente Huidobro, descubierto en Española I. Ese poeta chileno, que tituló una propiedad de la familia, sentenció: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas! Hacedla florecer en el poema”. Otra vez los apuntes (soy un caos, y este newsletter, que me perdone Drexler si le llega, es un quilombo):
Matices y grises: la necesidad de pensar, leer, escribir y ESCUCHARNOS. “Rozar tu piel con las dos sílabas de seda” (Dos sílabas: be-so / se-xo). Casi todas palabras de dos sílabas: bar-co, hue-lla, ba-rro, rue-da, fle-cha, ar-co, cie-lo, som-bra, pe-cho, pe-na, rí-o, se-da, char-co.
Se me ocurre el remate: la cago o la clavo al ángulo. Pienso que si Pinti alguna vez dijo: “Pasan veranos, pasan inviernos / quedan los artistas”, Jorge D. en 2026 firma: “La gente pasa / pero las palabras quedan”.
Me gustaría saber
Como cada fin de mes vuelve la pregunta del millón…



Al ritmo del tambor. Bella postal