#95. Festejar ser parte de la tribu
Carta agradecida a mi participación en el Festival Tribus 2026
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Se agradece
Hace bastante que no escribo sobre mi trabajo. En cierto sentido, escribir es mi trabajo. Y, la verdad sea dicha, en lo que escribo suelo hablar de música y literatura, materias sensibles de mi quehacer cotidiano. Por lo que podríamos pensar que hay un manual fragmentario a lo largo de estos 95 newsletters en donde estoy hablando de mis trabajos (en plural, porque hay que superar la línea de la pobreza…)
Si me vienen leyendo sabrán de la escuela secundaria a la que le dediqué nueve años de mi vida (misma marca como alumno que como profe :P) y que me devolvió gratificaciones para todo el viaje. Con 40, me siento una versión joven de papá saludando a sus ex alumnos en un bar, en un negocio, a bordo de una moto, en la calle o en la cancha de Colón. Sigo ejercitando la pasión docente en la Universidad, en una perfecta confluencia de mis pasiones, un verdadero círculo virtuoso entre la escritura y la oralidad: soy profe en Radio y en Redacción.
Cada día de mi vida pongo a prueba las ganas de mi voz para contar algo en la radio. Y el lenguaje radiofónico me devuelve vivaz, confortable, preguntón y curioso. Creo que alarga la vida respirar el aire radiofónico aunque más no sea dos horitas por día. Sospecho que te vuelve más sociable, solvente, lanzado. En mi caso tiene el plus de “obligarme” a estar al tanto de la escena, me exige leer y escuchar, me apura a hacer lo que me gusta. Y eso se agradece.
Volví
Conocí a Chengo en el San José. Razones musicales de las que aún desconocía el peso lograron que en un lugar difícil para mi adolescencia encuentre un lapso de complicidad con un pibe que escuchaba a Ramiro Reláñez (QERD: “Que en rock descanse”) en la Life, donde Willy empezaba sus micros de rock under. Una vez le llevé a José -como le decían entonces- un CD de Cabezones, a la casa de su abuela. Yo era un nerd triste, no me cerraba la categoría “emo” y todavía no se hablaba de indie. No encajaba. Pero se ve que la música aflojaba. Otro sello de aquellos años quedó en la carpeta de alguna materia perdida: el dibujo del logo de Catupecu en el margen superior. El tipo enroscado gritando.
Durante estos últimos cuarenta días, debutando mis 40, sumé una nueva responsabilidad propuesta por mi amigo Chengo: volver por un tiempo a un lugar donde fui feliz. Contrario a lo que dice la canción, volví a ser feliz. Y agradecí la escucha y el espacio por poder formar parte de un acontecimiento muy importante para la escena nacional como el Festival Tribus.
En algún viejo newsletter, dedicado al primer lustro de mi querida Lubi, decía que los trabajos que me sostuvieron en pandemia fueron la sala de conciertos y la escuela. Tengo la costumbre de releer lo que escribo pasado un tiempo. Más por inseguro que por narcisista; incluso, es casi una obsesión por montar el troquel o, como dijo Miguel Abuelo, unir las partes rotas del gran espejo interior. Esa loca costumbre de juzgarme -como si fuera mi propio jefe- me llevó a caer en la cuenta de algo: cuando el tiempo se quebró y el espacio se cerró (marzo 2020), yo quedé tirado en mi casa de soltero. Con familia y amistades, sí. Pero destartalado. En medio de la noche tuve un pilar/es y tuve una tribu/s. Que estarán por siempre en mi corazón-en-venta.
Parte de
No me pidan que no juegue con las palabras porque no me va a salir. El tiempo que trabajé en Tribus Club de Arte (2019-2021) tenía un divertimento predilecto para descontracturar el bocho si andaba nervioso. Resulta que posaba la mirada en las seis exhibidoras verticales que formaban la palabra TRIBUS y, fiel al método Massacre, leía al revés. Mi mente quedaba hipnotizado con SUBIRT- y se ponía a buscar alguna “E” prófuga por todos lados hasta entramar el poderoso SUBIRTE. Seguro, de yapa, me trepaba a una canción de los Estelares que me encanta: “Subiéndote”. Todo esto me recuerda a que cuando se inauguró Tribus, allá por 2010, por Pedro Vittori, frente a la ciclovía (¡no tan lejos, che!) yo flashaba con una canción de los Auténticos Decadentes que sonaba bastante: “Tribus urbanas”.
Paro la pelota. Estoy en la Estación Belgrano. Visto una remera negra con la leyenda STAFF. En mi mano derecha baila una pulsera gris con la inscripción PRODUCCIÓN. Es 1° de mayo y estoy trabajando de una de las cosas que amo. Agradezco. Veo cómo se hace, lo palpo, lo aprendo e integro. Llego a la oficina montada en el predio y digo, con una sonrisa de oreja a oreja, “Hola, ¡feliz día!” Para mí es un día feliz. Veo cómo se mueve el hormiguero de laburantes/as en pos de decenas de shows en cuatro escenarios. Empiezan a llegar músicos, periodistas y, lentamente, el público. Camino como hubiera querido caminar en mi adolescencia, pero no me daba el piné. O eso creía. Camino balanceando con orgullo el contenido de dos vocablos. Qué importante es para el joven inconcluso que fui -y sigo siendo- arrimarse al verbo (siempre en infinitivo) producir. Y qué decirles del staff, que es declararse parte de algo (ponerse la camiseta, literal y metafóricamente), ser de la tribu. Gracias por eso, amigo.
Firma esta carta ese muchacho que siempre odió los boliches porque no le gustaba bailar ni la música que pasaban ni el ritual de seducción estándar. Ese pibe, después de tanto buscar, pudo encontrar un lugar al que pertenecer. O, como me gusta decir, perteneser. A una tribu en plural. Un sello de la cultura santafesina. El denominador común de la felicidad de los corazones movidos por la música en vivo. Ese pibe que soy encontró su tribu en la cultura rock. [Como lo presagiaron sus discos, sus libros, sus escritos y el nido de su familia y sus amistades] ¡Y no saben lo lindo qué es compartir con él ese derroche de alegría, che!



Emocionante biografía querido Leo. Hombre de la Tribu de los que habitan el aire de los encuentros.
Emoción total leerte Leo! Haca casi 10 años atras fue la primera vez que pise tribus (el de vittori) para ver a El Mató, que habian sido tapa en la RS y me cautivo tanto lo que lei que necesitaba vivirlo. Veo para atras y realmente era una nena; me acuerdo como les implore a mis papas que me dejaran ir–acordate que soy de Parana, estamos cerca pero igual hay que cruzar un tunel–,y termine yendo acompañada por ellos (que hoy son mas fans de Santi Motorizado que yo je). De esa noche no tengo ningún registro en foto ni video, solo las luces rojas y azules, corear «Mas o menos bien» a los gritos y finalmente encontrar un lugar donde pude decir "de aca soy". El festival tiene una curaduria soñada, porque es una celebración de todas esas noches de alegría que se viven en Tribus. Justamente volver a ver a El Mato el sabado–y aun mas con esa lista de temas jugada para ser un festival– demuestra que hasta ellos entendieron la consigna: los que vamos sabemos a que vamos, es la fiesta para los que ya somos "parte de". Te felicito por la labor realizada obvio a vos como a todos los que dejaron todo porque fueron realmente dos jornadas soñadas. Un cariño muy grande y siempre es un gustazo leerte