#76. ¿Alguien va a escuchar tu remera?
Chamuyo en-ciclo-pédico bonaerense con una estética levemente ricotera
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Antes de entrar de lleno, te dejo la última encuesta del año…
Varela Varelita
Relato dedicado a mi viejo, el Leti
El chico con la remera negra camina por Scalabrini Ortiz siguiendo una canción en su dispositivo. Su remera lleva escrita en letras blancas una frase en italiano (VORREI VIVERE DI INIZI). Yo soy otro peatón y camino también con los ojos. Preciso hacerme ancho en una ciudad ajena que maneja otro ritmo, distintos tonos y muchos puntos de fuga.
Hablo de la ciudad que busco con los ojos del futuro. Lo noto: no anoto un choto. Ni de lo que pienso de la gente que no va a presentaciones de libros ni del encuentro con desconocidos en un recital “como en los viejos tiempos”, ni de las sensaciones del show o la cerveza sin alcohol. Creo descubrir una fórmula íntima el primer día: ando limpio sin recolectar los excrementos de los demás. No llega el agua de los hechos al tanque del relato, la fotosíntesis se demora un rato. El pibe Vorrei Vivere entra al Varela Varelita. Voy tras él.
A mi izquierda la gente camina / sobre la vereda-ventana / Oigo sus voces como grillos / pero son bombas las de los / asistentes al Varela Varelita: / de todas las edades, “es un plato de comida normal”, / “viene Alan Parsons, Fito, la Cantilo, ¿me dejan hablar?” /
Se rompe todo y todos miran / al muerto estallado en el piso / de granito / La tribuna cogotea olfateando el ruido; yo me hago el boludo y me robo un souvenir azucarado / El tipo de la mesa de al lado tiene / un aire a Kevin Johansen / Apoyado contra la pared, pispea la calle / Toma carrera: ¡un, dos, tres! / “Ah / ¿no te vas todavía?”, me pregunta / “No”, le respondo / “En un rato”.
Santa Fe
Desde Guadalupe me llega un audio que inmediatamente decanta en poema:
Te juro que cuando terminé
de escucharte los grillos
y las ranitas estaban
en otra sintonía
El sonido de
la noche cambia
después de escuchar
un poema
Libros en flor
Es mi penúltimo día en Buenos Aires. Anoche last nite. Tengo encima todo el calor del cemento. El lamento de generaciones de betún y agregados pétreos. El grito ahogado de familias de operarios de pavimentación. Acerco el cuero caliente al living, me paro frente a la mesa redonda: un abanico de libros en flor. Inventarío de acuerdo al día en que los recibí:
Lunes 8, 18.05 h.: Parece diciembre, de Fabricio Tocco (Equidistancias);
Lunes 8, 18.05 h.: También te convencieron, de Futhi Ntshingila (Empatía);
Lunes 8, 18.05 h.: Sendero al trance, de Martín Sciaroni (Tre);
Jueves 11, 14.33 h.: Sol salvaje, de Beatriz Vignoli (Socios fundadores);
Viernes 12, 10.48 h.: El camionero y el sensei, de Tomás Rosner (Criolla);
Viernes 12, 13.20 h.: El filo, de Antonio Birabent (Paripe);
Observo cada volumen pintarrajeando el mármol de la mesa. Mi mente viaja al mural natural que expone, itinerante, la pluma de un pavo real. Leo que esos dibujos llevan por nombre “ocelos”. Me satisface pensar que, desde entonces, ya leí el 66,67% de los libros. Quién sabe, capaz llego a 2026 con la tarea casi resuelta.
Vuelvo a las anotaciones en uno de mis grupos unipersonales llamado Yo Leo. Mi grupo solitario y unicelular lleno de voces. Me encuentro con este grafiti:
Perdí el miedo a todo / soy un peligro de libre: pensador y sentidor /
Vividor, ¡dale! / Recuperemos el linaje de esa palabra / pedazo de adjetivo /
“Quisiera vivir de inicios”, dijo un 30 de diciembre. Y me conquistó.





Me encantó Leo! Extraño mucho Buenos Aires y Santa Fe, no así el calor que hace en estos tiempos por allá. Acá en Ciudad de México con 12 grados y doble frazada. Ay, pero lo que daría por un cortado con medialunas de manteca! Feliz año 💞